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Orleans, septiembre 2007

domingo, 11 de mayo de 2008

Democracia degenerada, ..... (2)

Democracia degenerada, izquierda capitalista y movimientos sociales, de Agustín Morán

Siguiendo con los comentarios al artículo de Agustín Morán, copio primero la segunda sección:

  1. Teologia, individuo y mercado.

Adam Smith, en la obra fundacional del liberalismo2, establece la separación formal de la política y la economía como un rasgo central de la modernidad. La emergencia del mundo moderno se caracteriza por la disolución de las formas de legitimación religiosa del orden social imperantes en la Edad Media. Estas consideraban que el fundamento de las relaciones sociales era la voluntad de Dios. A partir del siglo XVII la explicación de la sociabilidad, que antes se daba como un hecho natural, aparece como un problema.

En la Edad Media, el ser humano era un ser pasivo que debía acomodarse a un orden providencial y sagrado. En la modernidad, el individuo pasa al centro de la escena como el sujeto desde el que se constituyen las relaciones sociales. El orden social, que venía dado por la providencia de Dios, se presenta ahora como el resultado de las relaciones entre los individuos.

Antes del siglo XVII no existía la noción de individualidad, ya que esta se hallaba disuelta en la naturaleza espiritual del ser humano. Con la modernidad, emerge el individuo como célula fundacional del orden social. La tradición cristiana incorporó a esta emergencia su noción de la naturaleza humana como un compuesto de cuerpo y alma. A partir de aquí, diversas teorías explicaron la relación entre uno y otra.

La visión teológica del mundo, escindido en el mundo finito de las personas y el mundo infinito de Dios, se traslada a la visión del individuo compuesto por dos naturalezas. Una finita y cognoscible - el cuerpo - de la que podemos hablar y otra - el alma – que, por pertenecer al mundo de Dios, no es comprensible por nuestra razón. Cuando la naturaleza humana era únicamente espiritual, los problemas del orden social consistían en seguir las reglas del bien y rechazar el mal, fijados por la omnipotencia de Dios. Con la modernidad, el mundo se abre en dos órdenes incomunicados. Sobre el mundo infinito de Dios, de donde procede la noción del bien y del mal, no podemos decir nada. Por lo tanto, las normas sobre las que construir el orden social sólo se pueden plantear desde el propio individuo, finito y corpóreo. La realidad social parte del individuo y desde él se explica la constitución de la sociedad. A partir de estas nociones se desarrolla, desde el siglo XVII, el individualismo metodológico.

La concepción de un individuo previo a la realidad social profundiza la ruptura con el pensamiento aristotélico. Para Aristóteles, individuo e individuo como ser social eran lo mismo porque no es pensable un ser humano preexistente o fuera del hecho social3. Desde este presupuesto, las nociones de bien y de mal estaban integradas en la determinación social de la persona. Bien, es el conjunto de acciones que construyen una sociabilidad ordenada cuyo fundamento es la integración social de todas las personas. Mal, es lo que, al crear desigualdad, exclusión y violencia, disuelve el orden social.

Desde la visión liberal existen dos formas de entender el funcionamiento de la sociedad. Una, parte de la naturaleza social del individuo y tiene que ver con la mayor o menor idoneidad de las acciones de éste respecto a las leyes y los sentimientos morales. La otra, se deriva de la naturaleza individual de dicho individuo y tiene que ver con su propensión a aumentar su propia riqueza. La primera es una teoría de la moral. La segunda es una teoría de la eficacia económica. Se trata de dos teorías distintas con una misma antropología que conduce a un resultado mágico: los individuos, persiguiendo sus intereses particulares realizan los intereses generales de la sociedad.

Para el pensamiento ilustrado la moral es un concepto variable ya que, según se modifiquen nuestros sentimientos, se modificará la moral. Por el contrario, para dicho pensamiento, la económica no admite modificaciones porque permite la regularidad de las cosas. Esto nos conduce a que las personas son libres en el campo de los sentimientos morales, pero no en el de la economía.

El individuo “moderno” está escindido entre el rechazo a los resultados de la violencia mercantil, que sus sentimientos morales perciben como negativos y la impotencia para evitar el funcionamiento inapelable de dicha economía. La moral y la compasión pertenecen al terreno de los sentimientos, que pueden permitirse ser irracionales. Por eso, deben estar gobernados por la economía. Al individuo de mercado, sólo le queda asumir su precariedad como un destino inevitable y ser compasivo y solidario con las víctimas de las leyes de la economía.

Lo que otorga racionalidad a las sociedades de mercado es el sistema económico. El sistema moral aparece como algo accesorio. La racionalidad de la economía, al estar dentro de la naturaleza de las cosas, convierte a las personas en meras receptoras de dicha racionalidad. Esta concepción “moderna” nos retrotrae a la afirmación escolástica: “la verdad es la adecuación del conocimiento a la realidad”. Augusto Compte, padre del positivismo, daba cursos de astronomía a trabajadores para demostrarles que, al igual que el orden de los astros es inmutable, el orden capitalista de la sociedad también lo es.

La ideología “de mercado” no admite una interpretación ética del comportamiento económico porque considera que ética y economía son dos planos separados e independientes. Podemos tener compasión por los trabajadores accidentados o sentir lástima hacia los muertos por el hambre, la comida basura, las enfermedades profesionales y los accidentes de tráfico, pero este sentimiento no puede interferir la racionalidad de las relaciones económicas causantes de esas muertes.

Desde Adam Smith, el pensamiento económico se considera emancipado de la política y de la moral. Esto implica otorgar a la ganancia del capital el poder constituyente de las relaciones sociales. Sin embargo, la soberanía del capital no se debe al poder del pensamiento económico sino al poder de quienes lo administran. La potencia con la que se despliega la economía de mercado no se basa en su capacidad de integración social o en la veracidad de las teorías que la legitiman, sino en la violencia material y cultural que la constituye. Sin la violencia armada y cultural del estado, la violencia competitiva del mercado no podría sobreponerse a sus consecuencias catastróficas ni lograría el consentimiento de sus víctimas.


He subrayado unos párrafos que me han parecido interesantes. Por lo demás, me parece una exposición muy coherente e interesante.

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